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Posts Tagged ‘Vera Smith’

Pasos en favor de una mayor competencia monetaria

Hace unos meses tuve la ocasión de dar una charla sobre el sistema monetario actual y sus alternativas de mercado en el Instituto Juan de Mariana de Madrid (18 de Mayo de 2013), titulada ‘Los Bancos Centrales y la reforma monetaria pendiente’. Lo que traté de transmitir es que un sistema caracterizado por la introducción de más competencia en el mercado de la creación de dinero no ha de llevarnos al caos monetario, como muchos aún creen, sino todo lo contrario; por cierto, resulta muy chocante esta creencia y crítica a la competencia entre monedas visto cómo el actual sistema de control estatal de la moneda ha estado muy cerca de llevarnos a un auténtico caos financiero muy recientemente. Además, ese sistema monetario más competitivo no ha de ser necesariamente uno en el que desaparezca completamente el dinero actual y sea sustituido de la noche a la mañana por una miríada de emisores privados de diferentes medios de pago. Tanto algunos de los partidarios como los muchos detractores de introducir competencia en este mercado lo entienden como un sistema en que la gente llevaría algo así como tres o cuatros (o incluso más) monedas distintas para usarlas en el mercado a conveniencia. No creo fuera así, pues sería ciertamente ineficiente y costoso realizar las operaciones normales de mercado en ese escenario de múltiples monedas y precios. De hecho, cuando hubo competencia monetaria, porque la hubo en siglos pasados y en mucho países, convivían a lo sumo dos o tres monedas, pero su uso estaba bastante diferenciado en función de la naturaleza de la operación a realizar: una moneda de menor valor era destinada para los pequeños pagos del día a día, otra de mayor valor para el pago de grandes sumas e impuestos en el país y una tercera (que podía ser una moneda circulante o sólo un patrón monetario) era destinada a operaciones con terceros en el resto del mundo. Un sistema así funcionó durante muchos años en la Castilla en la Edad Moderna.

Dado el elevado grado de intervención de las autoridades económicas en la emisión y verdadero ‘manejo’ de la moneda (por ejemplo, con la política monetaria), intervención que viene de muy antiguo, concentrarse en conseguir de manera fulminante ese ideal de mercado abierto y competitivo resulta poco realista, al menos a corto y medio plazo. Pero sí que hay cambios que pueden ir haciéndose en esa dirección: desde permitir la competencia de dos monedas en paralelo en el área del euro (algo que defendemos y explicamos varios profesores aquí) hasta, ‘simplemente’, eliminar la cláusula de dinero de curso legal de la moneda nacional (estatal); la eliminación de esa auténtica barrera legal (cierto, junto con otras condiciones adicionales) permitiría dar un gran salto en favor de la creación de un mercado abierto y disputable en el que podrían competir el banco central nacional y otros emisores privados (nacionales o extranjeros) por la provisión del mejor medio para realizar transacciones y también para diferir pagos, lo que no deja de ser una forma de ahorro claro. En función de la calidad de la moneda emitida en el mercado, la demanda de una y otras variará y, con ella, la apreciación o depreciación de las mismas; de esta forma, las variaciones del tipo de cambio (flexible) en el medio y largo plazo entre las monedas sería un buen indicador del mayor o menor poder adquisitivo de las mismas. Como maravillosamente explicó Vera Smith (1936) en sus Fundamentos de la Banca Central y de la Libertad Bancaria y detalla George Selgin(*) (1988) en La libertad de emisión del dinero bancario, en un sistema abierto a la competencia, los emisores de monedas tendrían incentivos para asociarse y formar una especie de clubes de emisión de moneda en el que proveerían por si mismos los servicios esenciales para el mantenimiento del poder de compra de la moneda y la fiabilidad de los pagos hechos con ella en el mercado. Si, bajo este sistema monetario abierto a la competencia, el Estado quiere seguir monetizando sus déficits fiscales e inflar el mercado con emisiones excesivas de esa moneda, la respuesta de los usuarios será desprenderse paulatinamente de ella; lo que se reflejará en una depreciación de la moneda estatal y en la consiguiente pérdida de las ganancias por señoreaje de emisión del Estado en favor del resto de competidores. Ello sería sin duda el mejor incentivo para abandonar tales políticas inflacionistas que acaban por deteriorar la calidad de la moneda.

Pero, como decía más arriba, hasta llegar a ese sistema más competitivo mucho nos queda por mejorar el presente. Y es a ello a lo que dediqué la segunda parte de mi intervención en el Instituto Juan de Mariana; al estudio de otras reglas de emisión de los bancos centrales distintas a las actuales que pueden contribuir a mejorar la calidad del dinero que emiten. La charla fue seguida de un muy activo turno de preguntas y comentarios por parte de los asistentes que espero os resulte de interés; especialmente animada fue sin duda la discusión sobre el patrón oro clásico y su posible aplicación en la actualidad. Os dejo a continuación el vídeo y una entrevista resumen de la misma. Como siempre, los comentarios y especialmente las críticas son muy bienvenidas:

Vídeo completo de la conferencia

Entrevista resumen

Juan Castañeda

Nota: (*) G. Selgin dará una charla en Madrid el 2 de Octubre, en la Fundación Rafael del Pino. Merece muy mucho la pena ir a escucharle. Es un auténtico especialista en estos temas, es muy ameno y se explica de maravilla. Toda la información para asistir la encontraréis aquí:

http://www.frdelpino.es/selgin/

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Published in “GoldMoney Analysis” , 3rd June 2011

Modern central banks and the state: a coalition of interests

Money creation has long been synonymous with state power. In the dim-and-distant past, governments minted gold and silver coins, before eventually becoming the monopoly issuer of notes. In both cases they get a non-negligible profit – seignoriage – which is the difference between the face or exchange value of money and its intrinsic value. In the case of coins, the earning of a seignoriage is explained by the costs of minting and by the fact that the state (the seignior or lord) guaranteed the face value of the currency. As for paper money, seignoriage boomed with the increasing use of banks notes as substitutes for coins during the 19th century, as the face value of notes always massively exceeds the notes’ intrinsic value, thus boosting the earnings of the issuer. Unsurprisingly, governments – ever eager to find new sources of revenues – soon cottoned on to this fact.

As the law of basic economics dictates, an excessive supply of a good or service will push down its price. Regarding money, it means a deterioration of the purchasing power of the currency. Thus the massive inflow of precious metals into Spanish ports in the 16th and 17th centuries, as a result of the discovery of large gold and silver deposits in the Americas, was followed by rising prices across Europe (albeit at the modest rate – by modern standards – of around 2 per cent, according to the historian Niall Ferguson). Inflation is a monetary phenomenon that results from the growth of the money supply exceeding the growth in goods and services in an economy. If our income and wealth remain steady, but our money supply increases, then we will not be richer – we will simply pay more for existing goods.

The risk of inflation increases in purely fiat monetary systems in which there are no means of payment that retain any intrinsic value, and where only bank notes and other “bank money” media – such as various types of account deposits – are available for market transactions. In the absence of any limit on money creation in such a fiat system, the money supply grows at the whim of the monopoly issuer. This is why monetary rules are essential to protect the purchasing value of money. Such rules entail quantitative limits on the legal ability of monetary authorities (as well as the associated banking system) to create money.

The origins of central banks

Modern central banks are the result of the shared mutual interests of private banks and the state. In essence, the state granted the exclusive privilege to issue bank notes – for a certain amount of money – to a single bank, and received in exchange a credit by the bank of the same amount to cover its budget deficit.

This constituted true deficit monetisation as the deficit was paid for with newly printed money. As Vera Smith comments in her master work The Rationale of Central Banking and the Free Banking Alternative(1936), this exclusive privilege to issue notes was renewed and extended, both in relation to the area of influence of the bank notes and to the total amount of notes issued, every time the state needed further credit to finance increasing deficits. This monopoly of paper money was furthered by the imposition of legal tender clauses, while in many countries after the Second World War, the state took direct control of the central bank. This created an unstable monetary system that was heavily biased towards inflation.

Nevertheless, the monetary system – at least during the operation of the gold standard from the mid-19th century until 1914 – imposed effective limits on central banks’ proclivity towards money creation, as every single bank note had to be redeemable in gold on demand. As a result, money supply expansion was restricted, leading to a remarkable period of monetary and price stability.

These days, under fully fiat monetary systems, bank notes are no longer redeemable into gold and the acceptance of notes (as well as the stability of whole national economies) relies on central banks maintaining a disciplined approach to money issuance. But as the second half of the 20th century showed, central banks rarely stick to exacting standards. However, in our increasingly globalised world, people can often elude the effects of reckless monetary policies by buying sound currencies and gold and silver. In the face of this reaction, at the end of 20th century, states had no choice but to resume the independent status of the central banks and to let them conduct a monetary rule committed to maintaining low inflation. This, however, was not enough as central banks continued to issue excessive amounts of money – a key cause of the last financial crisis of 2007-08.

Maybe one day governments will again recognise the benefits of sound money.


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